Con muy poca anticipación, los medios de prensa conocieron la noticia de la presentación en Montevideo del grupo Opa. El jueves 26 de marzo tuvo lugar una concurrida conferencia de prensa en la que, con gran emoción general, los integrantes de Opa expusieron, naturalmente y sin formalismos, los detalles de los conciertos que realizarían dos semanas después, los días 8 y 9 de abril en el Cine Plaza. Mientras tanto, Opa viajó a Buenos Aires para presentarse en el estadio Obras de esa ciudad, compartiendo la escena nada menos que con Milton Nascimento.
Si fue un acontecimiento para los argentinos, que colmaron las graderías de Obras para ver a Nascimento y a Opa, mucho más lo fue para los uruguayos, que para ver solamente a Opa, para reencontrarse con estos grandes músicos que habían estado fuera del país durante más de diez años, agotaron las localidades del Plaza por dos veces consecutivas, superando las más optimistas previsiones (el precio de las entradas nos había hecho temer por el éxito de estas presentaciones). Porque además, más allá de la numerosa concurrencia, el acontecimiento fue el espectáculo en sí a pesar de las observaciones el nivel musical nos mereció la actuación.
Era una fiesta popular largamente esperada por los músicos y por la gente. Un reencuentro en el que todos estábamos dispuestos a participar espontáneamente. Resultó emotivo y reconfortante confirmar que éramos muchos los que habíamos vibrado con las grabaciones de Opa que nos llegaban desde el extranjero, reinyectando una energía que creíamos perdida y la esperanza de que algún día volveríamos a reunirnos en una fiesta de reencuentro popular como ésta.
Concurrimos especialmente invitados a Bs. As. para presenciar la actuación de Opa. El desempeño del grupo no fue brillante; hubo notorios desajustes e imprecisiones vocales e instrumentales. Pero lo que más nos llamó la atención fue la poca vitalidad de sus miembros para superar la situación adversa de una "noche sin inspiración". Aún así, pudimos comprobar momentáneos chispazos de excelencia musical de Hugo Fattoruso, o de sorprendente técnica percusiva de Osvaldo en los tambores, e incluso, la siempre destacada voz de Ruben Rada, un músico que sin duda ha atrapado al público bonaerense con su inconfundible estilo. No obstante, esos momentos de brillo fueron pocos, y el balance fue francamente pobre en comparación con lo que esperábamos.
Llegamos a Montevideo con la impresión de que aquí las cosas iban a ser diferentes. Y lo fueron. La amplificación no los perjudicó tanto como en Bs. As. aunque igualmente tuvo pronunciados desaciertos y la música sonó más compacta en conjunto, más inspirada la ejecución individual, pero principalmente, tuvo la intensidad y vuelo interpretativo que no tuvo en Bs. As. Evidentemente, aquellas presentaciones sirvieron para ensamblar el sonido del grupo y para compensar la notoria carencia de ensayos previos. Lo único lamentable es que el público argentino no quedó con una impresión positiva del Opa, un grupo que todos sabían podía dar mucho más. Pero remitámonos a comentar lo sucedido en el Plaza. Opa dominó el espectáculo y, luego de un comienzo tímido, integró a la concurrencia con total eficacia.
La creatividad de Hugo Fattoruso se apoya, más que en su virtuosismo instrumental, en su increíble imaginación y musicalidad, atributos que no en vano le han valido el respeto y admiración de tantos músicos importantes que frecuentemente le han elegido para acompañarles (Milton Nascimento, Airto Moreira, Hermeto Pascoal, Herbie Hancock, etc.). Hugo es quien aporta el clima característico de Opa, es quien sostiene toda su riqueza armónica y melódica, contrapunteando reiteradamente entre sus diversos teclados con inusitada precisión y personal estilo. En la faz solística demuestra el mismo nivel y sensibilidad, sin caer en excesos o fórmulas que limiten su probada capacidad de improvisación. Sus composiciones y arreglos reflejan el gran talento y expresividad de alguien que, como muy pocos otros músicos rioplatenses, ha sabido canalizar sin fisuras y con enorme fluidez las variadas influencias musicales que habitan sus obras (básicamente, candombe, murga, jazz, rock, música afro-brasileña y ritmos centroamericanos).
En las presentaciones del Cine Plaza, Ringo Thiellman demostró ser un bajista de excepcionales condiciones, dinámico, aportando lo suyo con eficacia y hasta con brillo por momentos. El trabajo de Osvaldo Fattoruso fue francamente soberbio, confirmando lo que habíamos percibido en el Obras y excediendo en mucho el ya buen trabajo que le habíamos oído en los discos. Su tarea percusiva no solamente es correcta y ajustada a la base rítmica requerida por Opa, sino que es también rica y sutil, técnicamente impecable, y permanentemente creativa. No exageramos si decimos que no hemos visto muchos bateristas del nivel de Osvaldo aquí en Montevideo.
El desempeño de Rada reveló un aporte percusivo sobresaliente; vocalmente, puso de manifiesto una vez más su desbordante originalidad. Sin embargo, en su caso, dio la impresión de que se guardó mucho para su posterior presentación al frente de su banda en el cine Miami.
Opa incluyó además a un trompetista norteamericano, Gary Gazaway, y dos vocalistas, la brasileña María de Fátima y la norteamericana Carol Moore. En cuanto a Gazaway, su estilo resultó muy interesante, luciéndose especialmente en los solos. No obstante, debido a que Opa no presentó los temas de improvisación (grupo The Employees) anunciados en la conferencia de prensa, Gazaway vio limitadas las oportunidades de demostrar su total capacidad. En cambio, no podríamos dejar de decir que no nos pareció adecuada ni valiosa la presencia de las dos vocalistas en escena. Entorpecieron la labor de Rada, no se acoplaron al grupo en el nivel requerido, ni tampoco demostraron atributos que justificaran su inclusión. María de Fátima ejecutó un par de temas en forma solista que, aunque agradables, desencajaron en el entorno del concierto.
Hubo también ciertos desajustes vocales Hugo estaba demasiado afónico como para cantar "Malísimo" y algunas imprecisiones en la ejecución instrumental, pero todos fueron efectivamente contrarrestados por la intensidad musical de un Opa que fue creciendo en "sentimiento" y precisión a medida que avanzaba el concierto.
Los invitados dieron una nota muy especial; Mateo (sí, Eduardo Mateo) ejecutó tres canciones, la última de las cuales nos pareció muy interesante, si bien es cierto que Mateo ya no es el de antes. La aparición de Jaime Roos provocó uno de los momentos más excitantes del espectáculo; ejecutó "Sí, Sí, Sí" y "Carta A Poste Restante", esta última acompañado por Opa, con un magistral desempeño de improvisación a cargo de Hugo en los teclados. La participación de Roos sirvió como jugoso anticipo del que será su ansiado reencuentro con el público uruguayo, presentando "en vivo" los temas de su último LD ("Aquello") en el Palacio Peñarol en julio próximo.
La actuación del cantante Jorginho y su coro femenino, en cambio, también nos pareció poco adecuada para este concierto. Los tamboriles que ingresaron a sala en forma sorpresiva sobre la parte final del recital, generaron un clima verdaderamente emotivo, sirviendo como motivo para que el público se integrara todo a esta fiesta popular. Indudablemente, fue una digna culminación para un espectáculo que hoy ya podemos decirlo ha abierto nuevas expectativas para nuestra música popular.
También es necesario referirse a la filmación del concierto, televisada algunas semanas después. Lamentablemente, quienes hayan guiado su opinión sobre el concierto por esta filmación, pésima desde el punto de vista sonoro y paupérrima desde el punto de vista de la imagen, inevitablemente se habrán llevado una impresión negativa. Es entonces necesario dejar constancia de que tal programa no es válido para opinar sobre el concierto de Opa, pues desvirtuó gran parte de lo que allí se vivió.
Y RADA VOLVIÓ...
Y allí no terminó todo. Poco más de un mes más tarde, concretamente los días 20 y 21 de mayo, este tiempo de acontecimientos continuó. En esas fechas se presentó nuevamente Ruben Rada en Montevideo, esta vez acompañado por el cuarteto que actualmente conforma su banda estable en Bs. As., constituido por Jorge Navarro en teclados, Daniel Homer en guitarra, Beto Satragni en bajo, y Horacio López en batería.
En esta ocasión, fue el cine Miami el que agotó sus localidades por dos veces consecutivas, como para extender y ampliar el entusiasmo vivido poco antes en los conciertos del Plaza. Había gran expectativa por conocer el nuevo material de Rada, y la leve suposición que flotaba en el aire de que, ahora sí, el músico iba a brindarse por entero. Y efectivamente, así ocurrió.
El grupo abrió con su versión de "Dedos", ejecutada con el arreglo que hiciera Hugo Fattoruso para el disco "Fingers" de Airto Moreira. Ya desde ese momento se observó la solidez del conjunto y su compacta compaginación instrumental. La mayoría de los temas ejecutados correspondieron al disco de La Banda, editado aquí el pasado año, grupo que precedió a esta formación y del cual permanecen solamente Navarro y Homer ("Music Is My Love", "Malísimo", Rock De La Calle", "Montevideo"). También fueron incluidos "Paraná", un tema de Hugo Fattoruso aparecido en el LD "Fingers" y "La Tumbadora" del disco "How Are You..." de Airto, un "pot-purri" de viejas canciones de Totem ("Biafra", "Negro", "Heloísa", etc.) y dos temas del próximo LD de Rada (actualmente en grabación en Bs. As.) llamados "La Rama" y "Luna Quieta". Un repertorio bien elegido y equilibrado, como para ponerse al día con la música de alguien que ha estado aislado de nuestros escenarios por algún tiempo.
En nuestra opinión, el concierto fue muy bueno desde todo punto de vista. Rada desplegó todo su arsenal de atributos vocales y ahora también percusivos exhibiendo una personalidad que cada día va adquiriendo el reconocimiento que siempre mereció, máxime ante la evidencia de que ha afinado su propuesta a nivel musical, a nivel artístico, y a nivel profesional. Rada es, además un cantante de excepción, un creador, un compositor muy intuitivo e inquieto. Ha sabido recoger aportes valiosos de las variadas experiencias musicales transitadas y, lo más importante, ha continuado evolucionando sin perder su original riqueza y equilibrio en la difícil encrucijada de la música latinoamericana actual. Por eso, y aunque circunstancialmente se le puedan observar algunos simplismos literarios, Rada es uno de los más genuinos autores e intérpretes populares rioplatenses. Más allá del brillo y la espectacularidad o virtuosismo vocal, tiene y transpira espontáneamente ese talento tan difícil de definir, pero que seguramente todos somos capaces de captar. Así pareció demostrarlo el público, un público heterogéneo que gozó cada entonación y festejó interiormente y exteriormente cada momento de plenitud musical de los muchos que Rada comunicó en ese espectáculo.
Además de los dotes naturales que Rada ha demostrado a través de su carrera, además de su estilo y de las valiosas influencias que ha sabido integrar a su música, parecería que también ha aprendido y adoptado, con similar validez, una serie de conceptos armónicos provenientes del jazz, género al que se ha acercado mucho últimamente, ampliando y enriqueciendo así la estructura de sus temas, desde siempre ricos en el aspecto rítmico. Esto se hace particularmente evidente en sus nuevas creaciones, especialmente en "Luna Quieta", donde hace una curiosa mixtura jazzístico-folklórica, denotando sus interesantísimas inquietudes compositivas.
De los músicos que le acompañaron podrían decirse muchas cosas, pues realmente nos impresionaron. Por ejemplo, Daniel Homer, un guitarrista excepcional, un músico que no solamente se destacó en los atinados y sentidos solos que ejecutó, sino también por el buen gusto y la elegancia de sus "segundos planos", es decir, en la faz de acompañamiento rítmico. Su desempeño fue, para decirlo claramente, brillante. O el bajista uruguayo (sí, uruguayo) Beto Satragni, un joven emigrado que tocaba por primera vez en Montevideo y que sin duda fue la gran sorpresa de la noche; muy influenciado por los nuevos bajistas de jazz y rock norteamericanos, pero también lúcido, ágil, y sumamente compenetrado con el sonido de la banda, Satragni es en buena parte responsable de la impecable base rítmica y, además, fuente de sutiles aportes enriquecedores en la perfecta textura sonora del grupo.
El pianista Jorge Navarro, conocido "jazzman" del ambiente porteño, demostró ampliamente su sorprendente técnica y versatilidad interpretativa, destacándose particularmente en los solos; sin embargo, sus influencias resultaron demasiado obvias (Chick Corea especialmente) y pecó de algunas reiteraciones melódicas bastante familiares. El baterista Horacio López lució menso que sus compañeros, no sólo porque apenas se le veía entre su arsenal de tambores y platillos, sino porque su tarea fue nada más que correcta; sin duda, es un buen baterista, pero careció de fuerza para elevar la "temperatura" musical en los muchos momentos que se le presentaron para hacerlo.
La idea de hacer entrar a los tamboriles al final del concierto funcionó y fue original en el recital del Opa; repetida en este concierto ya no tuvo la misma eficacia, aunque respetamos y compartimos el sentido de haberlo hecho así. Creemos que la gente no gusta de reiteraciones de este tipo y, aunque tenga su justificación, pensamos que no debe repetirse; los músicos deberán hallar la manera de integrarlos dentro del espectáculo sin que suene a cosa ya vista.
Las conclusiones que se extraen de esta presentación de Rada son entonces muy positivas; junto con la de Opa y con la que próximamente hará Jaime Roos, animan y ayudan a revivir el medio musical local, insuflando nuevas energías a la ya creciente y prometedora actividad que viene desarrollando desde hace algunos años aquí. Definitivamente, esto le hace mucho bien a nuestra música popular; no bien se logren puntos de contacto e integración entre lo que hacen los uruguayos desde adentro y lo que hacen los uruguayos desde afuera del país, seguramente se estará yendo en el camino más provechoso y conveniente. No será necesario ni deseable forzar esa integración; ésta se tendrá que dar en forma natural. A partir de ello, cabe entonces esperar con entusiasmo y optimismo los frutos de una concepción musical auténtica y con horizontes abiertos.